... en el que tus heridas visten otro cuerpo y vierten otra voz. Te ves, esparcida en otros relatos. Te reconoces en esos llantos absurdos que te han robado encrucijadas; absorbiendo con derechos autoproclamados, esperando y exigiendo un brazo protector.
No hay peor egoísmo que el del victimismo; no hay peor obra que la compasión.
Coqueteé con las pasiones, revistiendo con su corteza mi aburrida cotidianeidad; cuando aborrecí esta artificiosa existencia, decidí adentrarme en ellas, sin escudo ni previsión. Necesidad de experimentación: los límites empiezan donde la vida se extingue.
Liberada por el sinsentido, la perpetua espiral de vocablos que, en eco, se sucedían se resquebraja, pulveerizándose. Y, ante mí, la realidad, nueva y apetecible, como una mañana sin pasado ni callejuelas estrechas.
No hay mejor atributo que la propia e incesante reconstrucción.
domingo, 2 de noviembre de 2008
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