De tanto ardor, podíase palpar lo ígneo, entre las trizas de aquel relato que no vislumbraba el final. Lamía los pies el inagotable ocaso, mirada agonizante aunque nunca pétrea, siempre sangrante.
Desgarraré el hábito y sus falsos bordados, opresor de un cuerpo inmóvil y ya putrefacto; otro tejeré, ahí donde, rasgando las fronteras de lo palpable, limitadas señales se expanden en cuerpos.
Aún no pentera mi voz en la inmensidad; aún no rozan mis pies el universo especular.
sábado, 22 de noviembre de 2008
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