Amelie Fatale buscaba algo y sabía perfectamente lo que era. Decidió repasar de nuevo todos los objetos de la habitación para ver si alguno de ellos era el que necesitaba y empezó a andar por ella con un recorrido en forma de espiral.
El suelo estaba pegajoso: los vómitos, las lágrimas, las secreciones vaginales y algo de sangre se entremezclaban sobre la superficie, pegándose a sus pies cada vez que, con esfuerzo, pretendía dar un paso.
Desgastado sobre la suciedad de las baldosas descansaba un abrecuerpos. Lo cogió y de su piel, al contacto con la superficie lisa y metálica, se inició una corriente que acabó en tensión en su espalda... Se materializaba así el rechazo ante el acto automatizado: aplicar la punta del abrecuerpos sobre el pecho, hundirla y girarla hasta que el esternón cediera con un "clac" seco y sus órganos internos quedaran al descubierto. Volvió a depositar el abrecuerpos en el suelo.
Siguió caminando hasta hallar la Biblia de las Falsas Liberaciones, que tantas veces había leído. La primera de sus páginas contenía un detallado dibujo de un corazón -casi equiparable a un estudio anatómico-, con distintas indicaciones: "Región del Miedo. Atraviésela cantando un sí"; "Región del Amor: Camine por ella con los ojos vendados"; "Región de la Decisión: Pase por ella rápidamente si no quiere que su vida resulte contradictoria"; "Región de los Otros y lo Otro: Mírese en ella como si lo que aquí acontece fuera un reflejo de usted"...
El tercer objeto eran unos ojos opacos. Al ponérselos percibía, sobre lo existente, otra visión que tan sólo guardaba un ligero parecido con la real. Los objetos no tenían ya los usos comunes ni tampoco las palabras los significados establecidos. Nadie tenía nunca realmente intención de decir lo que salí de sus labios, sino otra cosa que incluso ellos desconocían y a la que se oponían por orgullo, vergüenza o vete tú a saber qué motivo relacionado con el miedo. Bajo la visión de aquellos ojos se perfiliba claro el futuro: siempre maravilloso.
Amelie Fatale dio una patada a los ojos opacos, que salieron rodando hasta topar con otro objeto: unas alas. ¡Cuántas veces las había utilizado, durante cuántos años, hasta olvidar que no formaban parte de su cuerpo! Era placentero abandonar el suelo sucio e inmundo para volar por aquella estancia; ni siquiera dolían los golpetazos contra la pared a los que las alas le abocaban...
Todos estos objetos le habían parecido siempre maravillosos a Amelie Fatale, hasta el día en que, llevando puestos los ojos opacos y las alas, dio con un espejo. Lo envolvía un marco engalanado con enrevesadas inscripciones enigmáticas. Amelie Fatale empezó a leerlas con sus ojos opacos, ensimismada por el lenguaje críptico que parecía querer decir tantas cosas. Algunas se movían por regiones de su mente que hasta el momento había desconocido; otras le abrían puertas más allá... la enviaban a un lugar que presentía pero en el que jamás había estado. Sí... aquel lugar era necesario, pero el camino que las inscripciones mostraban para llegar a él no le gustaba en absoluto.
Tomó entonces el Libro de las Verdades Profundas -por aquel entonces, así se llamaba la Biblia de las Falsas Liberaciones- y leyó: "Ante la oscuridad, utilice el abrecuerpos y esparza un poco de la pureza que guarda dentro el pecho para iluminar caminos ajenos". Amelie Fatale sabía que su pureza era poderosa; así que introdujo la mano en su pecho y sacó un poco de polvillo mágico, con el que espolvoreó al espejo. Éste emitió una carcajada ahogada. Nada más. Después, con un tono extraño, la invitó a proseguir...
Amelie Fatale volvió a leer las inscrpiciones. No parecían ser más claras. Lo único que había cambiado es que ahora se desprendía de ellas una segunda imagen, fruto de los ojos opacos, que decía: "La cerrazón ante la pureza es síntoma de miedo, cobardía ante el sufrimiento. Por favor, estoy aprisionado: ayúdame a reencontrar el camino hacia la libertad".
Volvió a tomar el Libro de las Verdades Profundas y leyó: "Ante la cobardía, muestre el recorrido hacia lo maravilloso. Ningún pie pisa con mayor firmeza que el que se apoya sobre el vapor".
Sin pensarlo, Amelie Fatale tomó sus alas y voló de un lado a otro de la habitación, topándose repetidas veces contra las paredes. Pero no le importaba: el vendaval que provocaban sus alas conseguiría borrar los criptogramas del espejo.
Sin embargo, éste se limitó a reírse de nuevo y a mostrarle una imagen ridícula: Amelie Fatale era un abejorro gigante y patoso que se ensangrentaba a golpes por no saber controlar sus propias alas.
Abrió otra vez el libro: "Persista. De cobardes es tirar la toalla. Sólo se realizará si persiste". Y decidió clavarse el abrecuerpos con tanta fuerza que su cuerpo se desgarró entero. Empezó a tirar al espejo polvo de pureza, puñados y puñados enteros, mientras éste, riendo, sólo decía "Más, sí, más", devolviéndole la imagen de un ángel ensangrentado que se debatía en aras de la Redención.
Llegó un momento en que sus manos se toparon con sus costillas: había vaciado su pecho de polvo de pureza. Entonces el espejo empezó a reír "Tonta; hay que ser tonta para actuar como tú. ¿Es que no te das cuenta? ¡Hay que ser boba e inmadura!"
Y tras la imagen que veía con los ojos opacos -la del ángel redentor- vislumbró otra muy distinta: una Amelie Fatale incapaz de caminar por la diferencia de tamaño que había entre sus dos piernas; saltando hacia las paredes para golpearse contra ellas y caer de bruces en el suelo; mostrando las partes más débiles de su rostro para que se lo abofetearan; acuchillándose a sí misma; con la cabeza tan pesada que no era capaz de sostenerla y se le caía sobre los hombros; un feo cuerpo asomando tras los girones de su ropa; una risa bobalicona que salía sin cesar de su boca... Amelie Bobalicona...
Se le cayeron los ojos opacos al suelo. ¡No, por favor! ¡Yo no soy esa! ¡No me malinterpretes! Si he hecho todo eso es porque...
Porque eres débil y manipulable y, además, estás vacía. Pero coge si quieres tus alas rancias y síguete engañando a ti misma.
Amelie Fatale, desesperada, cogió el Libro de las Verdades Profundas. "Ante la incredulidad, huya y vuele: espolvoree un poco de polvillo de la pureza sobre las alas y parta" Pero Amelie Fatale estaba seca de polvo: se lo había dado todo al oscuro espejo.
¿Qué hacer? No podía acabar así, frente a aquel espejo grotesco. Introdujo una mano por su pecho abierto y la hundió hasta que topó con sus vísceras. Empezó a removerlas, mientras de su vientre emanaba la sangre, cada vez con mayor presión. Desesperada, arrancó una pedazo de intestino y lo extendió en el suelo. Lo examinó para ver por qué no tenía ya pureza y cómo podría volverla a obtener. No vio nada más que sangre y comida putrefacta. Decidió arrancarse otro pedazo de intestino, pero aquella vez le dolió. Gritó y empezó a llorar.
"Además quejica: débil, cobarde y victimista... no puede haber peor combinación". El espejo se reía de ella despiadadamente, sin importarle el dolor que Amelie Fatale sentía por su desgarro.
"No soy débil, esto duele... pero no quiero que el espejo piense que soy victimista: aguantaré estoicamente". Y continuó arrancándose sus propias vísceras, apretando los dientes cada vez que un tirón petrificaba su cuerpo con un espasmo. Se había apagado ya el espejo, pero su voz continuaba en su interior. Estaba ya convencida de que no iba a reencontrar la pureza en su interior, pero ahora se le antojaba necesario saber qué contenían las vísceras.
El suelo se cubrió de sangre, intestinos y lágrimas, pero Amelie Fatale continuaba extrayéndose sus propias vísceras, tratando de leer en ellas la razón de sus alas, la de sus ojos opacos... la podredumbre del engaño que la había rodeado. La debilidad que la había encerrado toda su vida en aquella estancia.
Soy débil. Soy boba. Soy manipulable.
Los tobillos enredados en su propia interioridad, encharcados de náuseas y de aquel dolor al que ya se había acostumbrado... De repente, su mano dio con una salida... parecía que la cuestión había llegado al fin... existía una solución, una respuesta, una máxima que...
Amelie Fatale abrió la boca horrorizada: entre sus piernas asomaba su propia mano, que salía por el ano... Estaba vacía; completamente vacía.
Las vísceras le parecían ridículas; el dolor que había sentido al arrancárselas, inútil... y el espejo seguía allí, callado pero cortante en su interior.
Boba, sigues siendo boba.
¿Cómo callar aquella voz chirriante, aquella continua negación hasta de sus propios motivos?
Trató de colocarse de nuevo las alas. Saltó, pero cayó sobre el charco de vísceras resbaladizas. No podía ya volar: estaba vacía. No tenía ya ni pureza ni inocencia y su cuerpo no le parecía más que un destrozo absurdo, imposible de dirigir hacia ningún punto en concreto.
Se tumbó en el suelo y se arropó con los pedazos de intestino.
Además, cobarde y comodona.
Incómoda, se levantó y empezó a dar vueltas por la habitación, palpando cada pared, buscando una puerta.
¿Qué haces? Por ahí no...
Quizás en el suelo había una trampilla.
Hay que ser zopenca...
En las esquinas.
Inútil. Eso sólo se te podía ocurrir a ti.
Quizás en el techo...
Tú no puedes subir ahí. Intentarás saltar, pero no llegarás ni a la mitad.
Se rindió; se dejó caer sobre el suelo. El espejo tenía razón: su destino era permanecer sentada, frente a todos los trastos inútiules, sobre el suelo sucio, sin esperar ya nada más que el estatismo de mantener la cabeza entre las rodillas.
Y... ¿por qué me haces caso? ¿Eres tan débil como para lo que diga pueda afectarte?
Tenía razón. Se levantó y se puso las alas. Risa. Buscó una puerta en las paredes. Risa. Buscó una trampilla por el suelo. Risa. Por las esquinas. Risa. Miró al techo. Burla. Se rindió. Increpación. Se levantó y se puso las alas, buscó una puerta en las paredes, buscó una trampilla por el suelo. Por las esquinas. Miró al techo... No empezaba a hacer algo, cuando ya pensaba en abandonar, sabiendo que aquello no era lo correcto. Pero... ¿qué hacer? Algo dentro de ella se negaba a quedarse de por vida en aquella habitación. Sin embargo, nunca podría encontrar una puerta, a menos que alguien se la enseñase... porque ella no podía, ella era incapaz.
Ella era incapaz, ella era incapaz, ella era incapaz, ella era incapaz.
Incapaz, incapaz, incapaz, incapaz.
Caminó y se irguió frente al espejo. ¿Por qué soy incapaz?
Yo no he dicho que lo fueras.
Sí, lo has dicho.
No: tú te lo has imaginado... debe ser que estás loca.
Amelie Fatale se desesperó... Loca... loca e incapacitada. ¿Cómo iba ella a salir de allí, en aquellas condiciones mentales? No había salida... Y, si no la había, podía ser que ni siquiera existiese... De por vida, entre sangre y vísceras y cacharros inútiles... de por vida...
Gritó. Cogió el abrecuerpos y empezó a arañarse con él la cabeza, a abrir pequeñas incisiones. Lo único que podía esperar de aquella vida era dolor... mejor prepararse para poder soportarlo. Siguió surcándose los brazos y las piernas. Sólo quería aprender a permanecer inmutable frente al asco y la angustia; frente a la tristeza y la desesperación.
¿Qué haces? Además, trágica... ¿realmente te crees tan desgraciada?
El maldito espejo, siempre cuestionándola. Pero con él también debía aprender a vivir: que fuera parte de la tortura a la que se tenía que someter.
¿Qué quieres que haga: que baile?
No, pero no creas que tu sufrimiento es tan importante...
Amelie Fatale se clavó el abrecuerpos en la palma de la mano, con tanta fuerza que se la atravesó. A sabiendas de lo que iba a suceder, lanzó un puñado de sus propias vísceras al espejo. Carcajada.
¿Crees que me impresionas?
Una media sonrisa trazó la cara de Amelie Fatale. No, sabía que no le impresionaría. Ella no era más que una victimista retorciéndose en su propio dolor. Pero, al mismo tiempo, era un alma dispuesta a encararlo. Desde fuera, lloraba. Desde dentro, era intenso.
Miró su propia obra: un cuerpo despedazado, incapaz siquiera de andar...
Pedacitos de cuerpo yacían junto a las vísceras. De ella no quedaba más que un esquema discontinuo.
Ya no sólo estaba vacía, sino que ni siquiera era. Miró a su propio cuerpo, destrozado... Un cuerpo en la nada.
Ella ya no era nadie.
Mira lo que has hecho... lo único que has conseguido es poner el suelo perdido. Eres una fracasada.
No... porque no soy.
El espejo calló. No se esperaba aquella respuesta.
¿Y de dónde has sacado eso? ¿De algún libro? No puede ser tuyo... eres demasiado tonta.
No, porque no soy.
¿Y esperas que me crea que eso es lo que piensas? Eres demasiado simple.
No, porque no soy.
Y Amelie Fatale continuaba impasible, sentada, sin ser ni hacer. Algo dijo el espejo, pero ella no lo oyó, porque ni siquiera existía. Cerró los ojos: si no era, el mundo ya no le pertenecía.
Guardaban sus párpados, como cajitas de latón, una oscuridad confortable que se extendía tras ellos.
Permanecer... Música disonante.
Escuchar al espejo... chirrido.
Respirar... Fluir... Tranquilidad.
Calma, Calma, Calma.
Tranquilidad.
Respirar. Levantarse. Fluir.
Calma, respirar, levantarse, fluir y andar con los ojos cerrados.
Fluir, fluir con calma y lentitud, con los ojos cerrados, sin oír nada más que esta voz.
Fluir y seguir fluyendo. Por aquí no, es disonante. Por aquí tampoco; sólo hay estruendo. Por ahí, sí: este silbar agradable, acompasado como un vals.
Fluir con calma, respirar.
Aquí duele al caminar. No, retira el pie. Debo deshacer un trecho del camino. Sí, debería haber ido por aquí. Sí, mira, espera, ya lo tengo. Sigue. Sigue caminando. Ya. Ya estoy. Ya.
Amelie Fatale abrió los ojos. Ante ella, un cuerpo despedazado que, sin ser capaz de ello, se atrevía a andar dando tumbos, como si fuera elegante.
Amelie Fatale levantó la mano derecha y rompió el espejo, que cayó al suelo con un golpetazo, añicos sus cristales; pesado su marco, con una inscripción perfectamente legible: "Demasiado débil como para aceptar mi propio interior; demasiado cobarde como para disfrutar de la vida".
El cuerpo de Amelie Fatale volvía a estar entero.
Bajo el espejo había una trampilla. La abrió y vio unas escaleras. Las bajó. Estaba ya en otra estancia.
lunes, 2 de febrero de 2009
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